El endurecimiento de los requisitos en algunos países europeos ha suscitado el rechazo de los ciudadanos enfadados, mientras los dirigentes debaten hasta dónde llegar en nombre de la salud pública.


En todas las democracias europeas, la última oleada de la pandemia está impulsando a los gobiernos a reimponer amplias restricciones a la libre circulación y a la mezcla en sus sociedades. Solo que esta vez, muchas de las normas distinguen a los que no están vacunados. Esto ha provocado airadas protestas en las calles y ha reavivado el debate sobre hasta qué punto los países deben restringir las libertades individuales en nombre de la salud pública.

Algunos de los cambios más bruscos se están produciendo en países en los que las leyes y la cultura aprecian la inviolabilidad de las garantías individuales. En el Reino Unido, las nuevas medidas del primer ministro Boris Johnson desencadenaron un motín en su partido; legisladores del Partido Conservador calificaron la adopción de los pases de vacuna como “discriminatoria” y una afrenta a los sagrados principios del país. Protestas similares resuenan en Francia y Alemania.

La reacción en contra se manifiesta vívidamente cada fin de semana en las calles de Viena, donde decenas de miles de manifestantes marchan, algunos blandiendo pancartas que dicen: “¡Controlen nuestras fronteras, no a nuestra gente!”. La policía también ha enfrentado manifestantes a causa de las restricciones en Bélgica, Alemania y los Países Bajos.

“El argumento de las libertades civiles ha tenido altibajos”, dijo Adam Wagner, un abogado de derechos humanos con sede en Londres y experto en leyes relacionadas con la covid. “El riesgo con el paso hacia la adopción de los pasaportes de vacunas es que radicalice a los libertarios y a los escépticos de las vacunas”.

El hecho de que la gente siga discutiendo sobre cómo sopesar estos valores contrapuestos, casi dos años después del comienzo de la pandemia, dijo Wagner, sugiere que “no hemos llegado a ninguna gran solución”.


Muchos en Europa han demostrado ser sorprendentemente tolerantes ante la necesidad de sacrificar algunas libertades para frenar la propagación del virus. Pero la repentina amenaza de la nueva variante ómicron está empujando a países como Reino Unido, que apenas el verano pasado había celebrado el fin de los confinamientos, a frenar y volver en dirección a las restricciones.

Johnson y otros líderes europeos se ven impulsados por dos tendencias médicas implacables: la rápida propagación de la variante ómicron, que los científicos británicos creen que se duplica a un ritmo de cada dos o tres días, y una obstinada resistencia a las vacunas en segmentos de sus sociedades, lo que ha dejado a aproximadamente un tercio de la población de toda Europa más vulnerable ante otra ola de infección.

Los defensores de los pases de vacunas señalan que hicieron subir la tasa de vacunación en Francia, otro país que protege celosamente los derechos. Pero para los críticos, el carácter selectivo de estas restricciones impone un estigma a una parte de la sociedad. Esto tiene ecos inquietantes en Alemania y Austria, donde los manifestantes de derecha invocan la opresión nazi para afirmar que el Estado persigue a quienes se resisten a las vacunas.

“Es polarizante y divisivo en el sentido de que crea una sociedad de nosotros contra ellos, lo que me parece que es una propuesta muy peligrosa”, dijo Clifford Stott, profesor de psicología social en la Universidad de Keele en Inglaterra. “Estamos generando una receta para el desorden al amplificar las desigualdades estructurales”.

Las personas que no se han vacunado, o que se resisten activamente a las vacunas, tienden a ser más pobres y menos educadas que las que sí lo han hecho, dijo Stott. Muchos ya desconfían del gobierno. Forzarlos a cumplir confiándolos en casa o privándolos del acceso a bares y restaurantes no hará más que profundizar su sentimiento de agravio, dijo.

En algunos países en los que los dirigentes se esfuerzan por desviar las duras críticas, las sospechas sobre sus motivos son aún más pronunciadas. Johnson impuso nuevas restricciones —incluido el requisito de mostrar una prueba de vacunación para entrar en cines, teatros o estadios deportivos— en medio del furor causado por una fiesta navideña que su personal celebró el año pasado y que podría haber burlado las normas del confinamiento. Fue, dijo un legislador, una “táctica de distracción”.

Impertérrito, Johnson dijo que había llegado el momento de mantener una “conversación nacional” sobre la conveniencia de hacer obligatoria la vacunación, un paso que ya ha dado Austria y que Alemania parece estar dispuesta a seguir. El Reino Unido, dijo, no puede permitirse el lujo de seguir imponiendo confinamientos “solo porque una proporción sustancial de la población todavía, lamentablemente, no se ha vacunado”. Con un 70 por ciento de personas que han recibido dos dosis, la tasa de vacunación británica es comparable a la de Francia y Alemania.

En Alemania, el canciller Olaf Scholz, que rechazó la vacunación obligatoria durante su campaña, apoya ahora una ley que la haría forzosa. Alemania se ha visto asolada por la variante delta, con unos 50.000 nuevos contagios diarios. El número de personas vacunadas ha aumentado en los últimos días, en parte por el temor a la variante ómicron, pero la lentitud ha frustrado al gobierno.

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