El cansancio por la pandemia aumenta en el continente durante las fiestas decembrinas. Igual que la resignación porque el virus sea endémico.

“La situación es diferente y, por tanto, no vamos a aplicar las medidas de entonces”, mencionó esta semana el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y agregó que entendía que el pueblo se ha vuelto impaciente con la pandemia y que él estaba “plenamente consciente de la fatiga”.

En toda Europa, esa fatiga es tan palpable como el espíritu alicaído de las fiestas de fin de año. La fatiga de otra variante del coronavirus ya con nombre y otra ola de infecciones. La fatiga de otro año sombrío viendo cómo las reuniones de Nochevieja se cancelan o se restringen una por una.

No obstante, aunada al cansancio, otra sensación se está arraigando: que el coronavirus no será erradicado con vacunas y confinamientos, sino que se ha convertido en algo endémico con lo que la gente debe aprender a vivir, tal vez durante varios años por venir.

“Estamos cansados, estamos inoculados y no se va”, dijo Caroline Orieux, quien, a pesar del aumento de casos de covid, se fue unos días de vacaciones a París con sus sobrinos.


La semana pasada, los primeros esbozos de cómo manejará Europa su brote más reciente comenzaron a tomar forma, al menos por ahora, impulsados por muchos factores, desde la política hasta la desesperación de las personas por seguir adelante, en especial en las fiestas decembrinas. En buena medida, los confinamientos totales han dado paso a medidas menos intrusivas (y menos protectoras).

España optó por una versión ligera: el jueves 23 de diciembre emitió nuevos requerimientos limitados, como hacer obligatorio el uso de cubrebocas en exteriores e incrementar las campañas de vacunación.

Incluso Italia, que sufrió una primera ola particularmente cruel, anunció nuevas reglas el antes de la Navidad que son mucho menos estrictas que las impuestas en sus peores momentos: acortó el periodo de validez de los pases sanitarios, determinó que la dosis de refuerzo será indispensable, prohibió los eventos masivos al aire libre hasta finales de enero y optó por hacer obligatorio el uso de mascarilla en exteriores.

“Las vacunas son y siguen siendo un arma fundamental”, declaró Roberto Speranza, el ministro de Salud de Italia.

Más allá de eso, hay evidencia creciente de que la nueva variante es más leve, al menos para aquellos que están vacunados. Tres estudios —realizados en Sudáfrica, Inglaterra y Escocia— indican que, aunque la variante es más contagiosa, es probable que cause una enfermedad de menor intensidad.

Aun así, no todos están de acuerdo con la estrategia moderada para combatir el virus y no está claro si esa postura sobrevivirá la posible crisis de hospitalizaciones por la variante ómicron que muchos científicos temen. Argumentan que, incluso si la mayoría de los casos son leves, la rápida propagación de la ómicron podría ocasionar un gran número de casos y saturar los ingresos hospitalarios.


Antoine Flahault, director del Instituto de Salud Global en Ginebra, dijo que la estrategia de Francia —que no fue mucho más allá de exigir pases sanitarios y no se atrevió a imponer medidas más estrictas como el cierre de bares— está muy lejos de ser lo que se necesita para impedir una ola de casos de la variante ómicron.

“Pienso que no es la más exitosa desde la perspectiva de salud, pero tampoco desde las perspectivas social y económica”, opinó, y advirtió que un incremento rápido de nuevas infecciones podría afectar los servicios de salud, así como las capacidades de manufactura y suministro del país.

Giovanni Maga, director del Instituto de Genética Molecular del Consejo Nacional de Investigación de Italia, destacó que, aunque las hospitalizaciones son cinco veces menores en comparación con el nivel del año pasado —en gran parte gracias a las vacunas—, eso no significa que el país ya esté a salvo.

“Debido a que la variante ómicron es más infecciosa, los contagios se elevarán”, aseguró.

No obstante, en vista de que la pandemia se ha prolongado, los científicos a menudo salen perdiendo en sus desacuerdos con los políticos. Además, en los cálculos políticos y económicos que se han vuelto determinantes para los mensajes de salud pública desde hace semanas, la temporada navideña ha cobrado una gran importancia.

Hace poco, Suiza se retractó de sus restricciones de viaje en un intento por salvar la temporada de turismo invernal que es fundamental para su economía. A finales de noviembre, puso en vigor órdenes de cuarentena para los viajeros procedentes del Reino Unido, los Países Bajos y otros países en los que la variante ómicron se ha propagado solo para después cancelarlas pese al aumento de casos.

El 13 de diciembre, ese país también eliminó el requisito de que los viajeros se sometieran a una prueba a su llegada, aunque todavía exige la presentación de una prueba negativa antes de viajar.

Asseghid Dinberu, director de marketing del Hotel Victoria, en la estación de esquí suiza de Villars, dijo que la temporada decembrina se estaba sintiendo como “un escape con suerte”, con solo seis de las 138 habitaciones del hotel vacías para el día de Navidad, y el hotel totalmente reservado para el Año Nuevo.

“Me alegro de que Suiza haya optado finalmente por un enfoque muy pragmático que nos permita beneficiarnos económicamente en comparación con otros países”, dijo.


Alemania está saliendo de una terrible cuarta ola que comenzó en noviembre y, a pesar de estarse preparando para una ola de infecciones a causa de la variante ómicron, los funcionarios del gobierno le han restado importancia a la posibilidad de un incremento de contagios por las reuniones navideñas. Muchos ven eso como un intento de evitar imponer restricciones a los alemanes antes de su festividad más importante.

“Por el momento, estamos en un extraño intervalo”, dijo el canciller Olaf Scholz el 14 de diciembre en una conferencia de prensa. “Las medidas que implementamos a finales de noviembre están funcionando”.

Sin embargo, antes de que Scholz y los gobernadores de los estados se reunieran la semana pasada para llegar a un acuerdo sobre nuevas medidas, el Instituto Robert Koch, el equivalente en Alemania a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, exhortó a que se impusieran medidas estrictas de confinamiento de manera inmediata. El gobierno no implementó tales medidas.


Los numerosos mensajes contradictorios causaron confusión entre los europeos que añoran la tranquilidad de las Navidades pasadas. Algunos siguieron adelante a pesar de las punzadas de ansiedad.

“Me preocupa un poco porque no sabemos mucho sobre la variante ómicron”, dijo la semana pasada Susanne Sesterer, una jubilada de 63 años en Hannover, Alemania, mientras hacía sus últimas compras antes de Navidad. “¿Pero qué tan peor puede ser?”.

Otros se daban por vencidos.


Dorotea Belli, una italiana de 42 años que se ha vacunado dos veces, dijo que no iría a una reunión familiar por Navidad y que se quedaría en casa, en Roma. Muchos de sus colegas habían dado positivo en las pruebas del virus, dijo, y sus hijos, de 4 y 1 año, aún no pueden ser vacunados.

“Ellos y yo vamos a extrañar mucho a mis padres”, dijo. “Pero no quiero andar esparciendo covid, y aunque mi marido y yo estemos vacunados, ¿quién sabe?”.

El cálculo de España sobre las nuevas restricciones no solo tiene en cuenta las vacaciones, que son muy importantes, sino también las barreras legales que surgieron tras las medidas adoptadas por el gobierno en 2020.


En julio, el Tribunal Constitucional de España dictaminó que el gobierno no tenía autoridad para imponer las medidas de confinamiento que comenzaron en marzo de 2020, que restringían a los españoles a salir de sus casas, excepto para viajes esenciales como la compra de alimentos. En su lugar, los jueces dijeron que las medidas requerían una votación parlamentaria completa, que pocos ven que se apruebe con una mayoría en el futuro, dado lo controvertidas que fueron las restricciones anteriores.

“El gobierno tiene ahora las manos atadas”, dijo Luis Galán Soldevilla, profesor de derecho en la Universidad de Córdoba.

Las medidas más ligeras anunciadas el jueves de la semana pasada por España recibieron críticas de algunos sectores, como la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, un grupo que incluye a muchos profesionales de la salud.

“Estas medidas no ayudan mucho”, dijo Ildefonso Hernández, portavoz del grupo, afirmando que limitar la capacidad en el interior sería más efectivo. “No tiene sentido que la gente vaya por la calle con una mascarilla y luego se la quite al entrar en un bar”.


En Madrid, los residentes seguían adelante con sus planes decembrinos, a pesar del aumento de casos y riesgos.

Fernando Sánchez, taxista de 55 años, perdió a su madre y a su hermano a causa de la COVID-19 hace seis meses. Sin embargo, no estuvo dispuesto a cancelar sus planes navideños, que este año se celebraron en casa de sus suegros, tal y como sucedía antes de la pandemia.

Antonio Jesús Navarro, de 33 años, ingeniero de software, estaba deseando pasar las Navidades con su novia, que había viajado a España desde Estados Unidos para pasar las fiestas. Los dos no se habían visto desde antes de que comenzara la pandemia.

Pero entonces Navarro se enteró de que había entrado en contacto con una persona que había dado positivo en las pruebas del coronavirus. La pareja se aisló hasta que él pudo obtener los resultados de sus propias pruebas. Dijo que estaba frustrado con los mensajes públicos sobre cómo mantenerse a salvo de la variante ómicron.

“¿Es aceptable un test de antígenos?”, dijo por teléfono. “¿Qué pasa si no hay síntomas?”.

Horas después, Navarro volvió a llamar para decir que él y su novia habían dado positivo en la prueba de COVID-19.

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