Imagina que, cuando tus bisabuelos eran adolescentes, tuvieron en sus manos un novedoso aparato: el primer sistema de entretenimiento de realidad virtual totalmente envolvente del mundo. No eran esas gafas torpes que ahora se ven en todas partes. Este dispositivo parecía salido de Matrix: una elegante banda para la cabeza con electrodos que, de alguna manera, se introducía directamente en el sistema perceptivo del cerebro humano y sustituía todo lo que el usuario veía, oía, sentía, olía e incluso sabía mediante nuevas sensaciones creadas por una máquina.

El dispositivo fue un éxito en ventas y esas bandas mágicas pronto se convirtieron en un hecho ineludible de la vida cotidiana. De hecho, tus bisabuelos se conocieron con esos aparatos y sus hijos, tus abuelos, rara vez se encontraron con el mundo fuera de ellos. Las generaciones posteriores —tus padres y tú— nunca lo hicieron.

Todo lo que has conocido, todo el universo que llamas realidad, te lo ha dado una máquina.

Ese es el tipo de escenario en el que sigo pensando cuando reflexiono sobre la hipótesis de la simulación: la idea, últimamente muy discutida entre tecnólogos y filósofos, de que el mundo que nos rodea podría ser una invención digital, algo así como el mundo simulado de un videojuego.

La idea no es nueva. Explorar la naturaleza subyacente de la realidad ha sido una obsesión de los filósofos desde los tiempos de Sócrates y Platón. Desde Matrix, estas ideas se han convertido también en un elemento básico de la cultura pop. Sin embargo, hasta hace poco la hipótesis de la simulación había sido materia para los académicos. ¿Por qué deberíamos considerar que la tecnología podría crear simulaciones indistinguibles de la realidad? E incluso si eso fuera posible, ¿qué diferencia supondría el conocimiento de la simulación para cualquiera de nosotros, atrapados en el aquí y el ahora, donde la realidad se siente real de una manera demasiado trágica?

Por estas razones, me he mantenido al margen de muchos de los debates sobre la hipótesis de la simulación que han surgido en las comunidades tecnológicas desde principios de los dosmiles, cuando Nick Bostrom, un filósofo de la Universidad de Oxford, planteó la idea en un ensayo muy citado.

Después de hablar con Chalmers y de leerlo, he llegado a creer que el mundo de la realidad virtual que se avecina podría considerarse algún día tan real como la realidad. Si eso ocurre, nuestra realidad actual quedará en entredicho de inmediato; después de todo, si pudimos inventar mundos virtuales significativos, ¿no es plausible que alguna otra civilización en algún otro lugar del universo también lo haya hecho? Pero si eso es posible, ¿cómo podemos saber que no estamos ya en su simulación?

La conclusión parece ineludible: quizá no podamos demostrar que estamos en una simulación, pero como mínimo será una posibilidad que no podemos descartar. Sin embargo, podría ser más que eso. Chalmers argumenta que, si estamos en una simulación, no habría razón para pensar que es la única simulación; de la misma manera en que muchas computadoras diferentes en la actualidad están ejecutando Microsoft Excel, muchas máquinas diferentes podrían estar ejecutando una instancia de la simulación. Si ese fuera el caso, los mundos simulados superarían ampliamente a los no simulados, lo que significa que, solo por estadística, no solo sería posible que nuestro mundo fuera una de las muchas simulaciones, sino también probable. Chalmers escribe que “la probabilidad de que seamos simulaciones es de al menos un 25 por ciento, más o menos”.

Chalmers es profesor de Filosofía en la Universidad de Nueva York y ha pasado gran parte de su carrera pensando en el misterio de la conciencia. Es más conocido por haber acuñado la frase el “problema difícil de la conciencia”, que, a grandes rasgos, es una descripción de la dificultad de explicar por qué una determinada experiencia se siente como tal para el ser que la experimenta. (No te preocupes si esto hace que te duela la cabeza; por algo se llama el problema difícil).

Chalmers dice que empezó a pensar de manera profunda en la naturaleza de la realidad simulada después de usar aparatos de realidad virtual como Oculus Quest 2 y de darse cuenta de que la tecnología ya es tan buena como para crear situaciones que se sienten visceralmente reales.

La realidad virtual avanza ahora con tanta velocidad que parece bastante razonable suponer que el mundo dentro de la RV podría ser algún día indistinguible del mundo fuera de esta. Chalmers dice que esto podría ocurrir dentro de un siglo; no me sorprendería que superáramos esa meta dentro de unas décadas.

En el momento en que se produzca, el desarrollo de la realidad virtual realista será una revolución, por razones tanto prácticas como profundas. Las prácticas son evidentes: si la gente puede revolotear fácilmente entre el mundo físico y los virtuales que se sienten exactamente como el mundo físico, ¿cuál deberíamos considerar como real?

Se podría decir que la respuesta es claramente la física. Pero, ¿por qué? En la actualidad, lo que pasa en internet no se queda en internet; el mundo digital está tan profundamente arraigado en nuestras vidas que sus efectos repercuten en toda la sociedad. Después de que muchos de nosotros pasamos gran parte de la pandemia trabajando y socializando en línea, sería una tontería decir que la vida en internet no es real.

Lo mismo ocurriría con la realidad virtual. El libro de Chalmers, que viaja de manera entretenida a través de la antigua filosofía china e india hasta René Descartes y teóricos modernos como Bostrom y las Wachowski (las hermanas que crearon Matrix), es una obra de filosofía, por lo que, naturalmente, pasa por una exploración de varias partes acerca de cómo la realidad física difiere de la realidad virtual.

Su conclusión es esta: “La realidad virtual no es lo mismo que la realidad física ordinaria”, pero debido a que sus efectos en el mundo no son fundamentalmente diferentes de los de la realidad física, “es una realidad genuina de cualquier manera”. Por lo tanto, no deberíamos considerar los mundos virtuales como ilusiones escapistas; lo que sucede en la realidad virtual “realmente ocurre”, explica Chalmers, y cuando sea lo suficientemente real, las personas podrán tener vidas “totalmente significativas” en la realidad virtual.

Para mí, eso parece evidente. Ya tenemos bastante evidencia de que las personas pueden construir realidades sofisticadas a partir de las experiencias que tienen a través del internet basado en pantallas. ¿Por qué no iba a ocurrir lo mismo con un internet envolvente?

Esto nos lleva a lo profundo e inquietante de la llegada de la realidad virtual. La mezcla de la realidad física y la digital ya ha sumido a la sociedad en una crisis epistemológica: una situación en que diferentes personas creen en diferentes versiones de la realidad en función de las comunidades digitales en las que se reúnen. ¿Cómo podríamos afrontar esta situación en un mundo digital mucho más realista? ¿Podría el mundo físico seguir funcionando en una sociedad en la que todo el mundo tiene uno o varios alter ego virtuales?

No lo sé. No tengo muchas esperanzas de que esto salga bien. Pero las posibilidades aterradoras sugieren la importancia de las investigaciones al parecer abstractas sobre la naturaleza de la realidad en la realidad virtual. Deberíamos empezar a reflexionar seriamente sobre los posibles efectos de los mundos virtuales ahora, mucho antes de que sean tan reales que sea demasiado tarde.

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